Archivo Casasola rescata instantáneas de la condición humana

  • Un ensayo visual inédito recupera 50 joyas ocultas de la Fototeca Nacional, que nutren la historia y reviven la vida cotidiana del siglo XX.

CIUDAD DE MÉXICO.

El cargador de pollos, la vendedora de comida y los niños en los festejos del centenario de la Independencia son algunos de los personajes anónimos que protagonizan el libro Casasola, Otro rostro, publicado por el investigador Daniel Escorza, un ensayo visual con 50 instantáneas que conforman “un muestrario de la condición humana” de principios del siglo XX.

“Cuando la escritura de la historia se ajusta a esquemas rígidos y suprime la imaginación histórica, el resultado queda trunco. La historia también se nutre de la imagen”, abunda Escorza, quien recupera la otra cara del Archivo Casasola, aquella que revela el momento en que los fotoperiodistas salieron a la calle para registrar los sucesos de la vida cotidiana, más allá del conocido repertorio de la Revolución Mexicana.

Estas imágenes son testigos de ese momento en que “la cámara comenzó a tratar por igual a las clases favorecidas y a los de abajo”, abunda el compilador, donde se muestran por igual a las clases medias ilustradas y a los estratos inferiores de la sociedad mexicana, quienes sólo aspiraban a ser una imagen más del folclor urbano.

Al mismo tiempo, en estas imágenes, explica, “podemos atisbar vínculos familiares, relaciones sociales, vida cotidiana, relaciones de género, códigos de vestimenta”, y son el testimonio de la condición de paseante sin rumbo o flâneur del fotógrafo.

“Desde el punto de vista de la fotografía social, hay algunas imágenes que en su tiempo no fueron muy apreciadas, quizá por sus características técnicas”, comenta.

Por ejemplo, la fotografía donde Porfirio Díaz va con su comitiva, en las fiestas del Centenario, y se atraviesa un perro. Esa foto, seguramente el editor de las publicaciones periódicas de la época pensó que no servía por esa parte lúdica”.

También se pueden apreciar fotografías donde las obreras están en primer plano y los empresarios o gerentes hasta el fondo, es decir, donde las protagonistas son las obreras y las máquinas.

Otra más donde se capta el trabajo de los cocineros, lo cual es inédito, porque hasta entonces sólo se hacían tomas de comensales y restaurantes. “Seguramente muchas de estas fotos se quedaron en los anaqueles de los archivos y, hoy, la idea es sacar a la luz estos documentos visuales”, dice.

También aparecen personajes atemporales, como los mendigos y el cargador de pollos.

“Esas imágenes podrían tener cien años o unas cuantas semanas y la única diferencia es que están en blanco y negro y eso nos da una idea de su antigüedad”.

“Por ejemplo, la imagen donde se ve a una señora que mira una cuna en el aparador, quien está descalza y carga a una niña, es una imagen poderosa y muy actual que nos habla de la pobreza, de las divisiones y del desequilibrio social”, apunta Escorza.

Sin embargo, la intención de este libro –publicado por Vestalia Ediciones– no es explicar las fotografías, advierte, “porque cada imagen necesitaría un análisis histórico, social y una revisión del contexto en que fueron tomadas. Más bien, la intención es que sean un detonante para la imagen.

¿Cómo describiría la evolución del retrato en este archivo?, se le pregunta. “Creo que en el Archivo Casasola se parte de la consideración del estudio popular del retrato y me refiero a que estas imágenes no tenían esa parafernalia de los grandes estudios que venían desde el siglo XIX, como en el estudio de los hermanos Valleto o de Cruces y Campa”.

“Esos estudios estaban en la calle de Madero y eran frecuentados por las familias pudientes, con sus gabinetes de gran lujo, cortinajes, mobiliario y cámaras sofisticadas”.

Sin embargo, el estudio de Casasola introdujo la noción de atender a las clases no tan encumbradas.

“Por eso vemos ejemplos de retratos donde hay personas que sostienen unos paños a manera de escenografía o de fondo”, abunda.

También hay retratos donde el fotógrafo iba a las casas de los fotografiados, que son los antecedentes de las fotos de ovalito que en el siglo XX se hicieron tan populares.

“Me parece que la evolución del retrato da un salto hacia lo popular y la masificación de la imagen en el sentido de la expansión y al cual tenían acceso no sólo los sectores pudientes, sino un arco más amplio, socialmente hablando”, asevera.

Memoria digital, el mayor reto

Para Escorza, una de las máximas preocupaciones hacia el futuro es la conservación de los archivos fotográficos, en especial del formato digital.

“Ojalá y muchos de los esfuerzos particulares sigan adelante, pero es cierto que se requieren muchos recursos”, reconoce.

Destaca el esfuerzo que se realiza desde el INAH, el AGN —que resguarda millones de imágenes de los hermanos Mayo— y de la UNAM.

Sin embargo, advierte que el mayor reto “viene con la imagen digital, ya que dichos archivos son incuantificables”.

“Yo creo que el mayor desafío viene a partir de la imagen digital, porque en un futuro no tan lejano ya no vamos a saber cómo manejar esta explosión de instantáneas”, explica.

Mientras tanto, es posible “resguardar, organizar y consultar los archivos analógicos para la construcción de nuestra memoria, porque creo que la fotografía, igual que los documentos textuales y sonoros, son una parte fundamental de fuentes para la historia, los cuales debemos consultar, interrogar e interpretar”, concluye.