DAVID HUERTA, UN POETA UNIVERSAL

  • En “Vuelo de jaguar”, un poema muy ad hoc para estos tiempos de penuria: “Plegaria.

Por Eduardo Cerecedo

El año pasado, David Huerta fue galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga La Feria Internacional del libro en Guadalajara, Jalisco, México. Siendo el primer poeta mexicano en obtenerlo. El equipo de Vuelo de jaguar ya habíamos pensado en invitarlo a nuestra revista para hacerle un número monográfico, pero tuvimos que esperar a que pasara la euforia de tal distinción. Ahora sí está en nuestras páginas, para bien de la publicación. Pues bien, una de la figuras capitales de la poesía realizada en lengua española, es sin duda la de David Huerta, cuya visión poética le viene como base primordial, la los poetas del Barroco español, a los poetas norteamericanos y por supuesto a los poetas hispanoamericanos. Antes publicó Cuaderno de noviembre, en cuyos  ejes poéticos alcanzarían su esplendor en 1987 con la aparición de I n c u r a b l e, con esa grandiosidad se muestra ante el mundo con su poesía en plena madurez. En Incurable se muestra al poeta universal, no hay tema que involucre al ser humano que quede fuera de este poema mayor. Pensamos que el poeta, nacido en la Ciudad de México en 1949, con esta publicación, ya no tendría fuerzas literarias para escribir otro poemario con cierta luminosidad, pero no fue así, David Huerta continúa escribiendo con cierta parsimonia su pensamiento lleno de vitalidad humana.

     Vuelo de jaguar, Revista de Literatura Hispanoamericana rinde tributo a este poeta mexicano que supo a temprana edad vislumbrarnos con su poesía. Aquí una breve muestra de su trabajo con las palabras, que se sintetizaron con los versos, éstos con poemas, así hasta causarnos un asombro en cada artefacto verbal.

POEMAS DE DAVID HUERTA

PLEGARIA

Señor, salva este momento.

Nada tiene de prodigo o milagro

como no sea una sospecha

de inmortalidad, un aliento

de salvación. Se parece

a tantos otros momentos…

Pero está aquí entre nosotros

y crece como una luz amarilla

de sol y de encendidos limones

— y sabe a mar, a manos amadas,

huele a una calle de París

donde fuimos felices. Sálvalo

en la memoria o rescátalo

para la luz que declina

sobre esta página,

aunque apenas la toque.

CUADERNO DE NOVIEMBRE, (FRAGMENTOS)

 DE DAVID HUERTA

Humo de rosas quemadas en el jardín donde hemos conocido a la noche con brazos más extraños que la palabra Deseo, donde sobrevive un aire de recuerdo inútil, mordido por la venenosa fragilidad que distribuye la sombra al pasar, cuando el frío se transforma en una cercanía igual a una oscura concavidad y nuestros ojos tienen un color escondido que respira con un fulgor desnudo y desconcertante.

Este frío ha llegado para sembrar una vinculación que necesitaremos cuando el indicio de la soledad nos imprima en la boca un largo sabor de quemadura. La ‘estatua de la memoria’ se esfuma en medio del día que retrocede, bajo el viento larguísimo y exhausto. El mar de la ciudad pronuncia sus palabras, crecidas como muescas, en el sopor del otoño, y los nombres caen brillando: incrustaciones blancas en un gran sueño negro. Sorda es la sombra, encajada en la sal de la noche que es redonda como un charco y está sobre la cabellera del espejo, mojada en chispas, depositada en los ojos como una donación de palabras desiertas.

El ojo de noviembre ha tenido ahora extrañas costumbres, un guiño triste que se equilibraba en el clima que pasó como una brasa sobre nuestras cabezas y sueños, entre las limitaciones del minuto: es árido el descenso por la cerrada orilla de este ojo, el cuerpo del insomne se dobla en el vaso amarillo y distante que es el amanecer como lento morir sin la fantasía de los héroes, una cercada excavación que llega hasta la plataforma primitiva del sueño, una piedra que hemos tenido y era un reflejo de cielo, la invertida colocación de lo que se desplaza por los espejos con un gran temor.

Eso tiene el enorme y triste ojo de noviembre, y es verdad que hemos permanecido en ese mirar inalterable y sin mezcla, hemos sobrevivido ahí sin luz pero también sin sombra o aire nutritivo, resistiendo sobre una ‘serie de posesiones’ que era del tamaño de nuestra vida, que era un papel que respiraba entre los renglones de la mañana, que era la ciudad hundida en el tejido horizontal, como de fantasma o niño, de nuestras ideas más confusas, una extendida palabra en el color absoluto de la mujer asombrada, la oscura definición de un agua de muerte bajo los utensilios que frecuentaban los aparecimientos vespertinos,

pero también hemos podido sobrevivir en la Diferencia que es como un traje aéreo o una pistola, y es una distancia cubierta por el vuelo de cierta melancolía en todo semejante a los minerales, y es una brizna de tiempo clavada en todos los pechos…

Aun así el ojo de noviembre nos ha puesto en las manos una posesión alguna vez no deseada, una extrañeza y un sonido profundo, un cristal ya no sabemos qué se ha disuelto a nuestras espaldas en la escalera, en la caída del mes de noviembre y en sus vértices claros, o qué palabras ha devorado el miedo pertinaz fijándolas en la garganta con el alfiler del ahogo y borrándolas con los esplendores del grito.